Balada de otoño.

¡Que larga se me esta haciendo la maldita noche!. No consigo dormirme. Estoy tumbado en el sillón, con la mente confusa y pensando mientras escucho “Balada de Otoño” de Serrat,”llueve, detrás de los cristales llueve y llueve, sobre los chopos medio deshojados sobre los pardos tejados, sobre los campos llueve. Pintaron de gris el cielo y el suelo se fue abrigando con hojas, se fue vistiendo de Otoño”.

El verano a terminado y pasado mañana me marcho a estudiar interno a Guadalajara y eso me esta haciendo pensar en todo lo que dejo aquí, familia, amigos, mis cosas y que no se cuando volveré a ver.

Voy a echar mucho de menos a todos y en especial a mi niña “Chispi”. Últimamente no me la puedo quitar de la cabeza. Me he enamorado de ella. Me di cuenta durante la Verbena de las Fiestas de la Colonia y durante casi un mes ha sido mi mayor secreto y mi mayor suplicio.

Se lo he dicho esta noche cuando la he dado el cachorro de perro que he cogido de la cochera de La Pradera.

Ella quería un perro, pero con las prisas y la oscuridad me he llevado una perra. Chispi no ha aceptado mi equivocación y toda cabezona la ha llamado “Ron” por más que yo la he repetido e insistido en que no era “Ron”, que era “Ginebra”.

Cuando la he dije que me había enamorado de ella y que quería que fuera mi novia, sonriendo agachó la cabeza y no me contestó nada. A mi se me salía el corazón del pecho y me atropellaban las ideas en la cabeza.

Quedamos en vernos para que me contestara algo después de la cena. Iría a buscarla a su casa y nos daríamos un paseo por el viejo Vivero y hablaríamos sobre mi amor hacia ella, sus sentimientos hacia mi y me contestaría si quería o no ser mi novia.

No pude cenar. Los nervios me agarrotaron el estomago y no me entraba nada. Salí de casa una hora antes de lo que habíamos quedado para hacer un recorrido de quince minutos. Caminé muy lento y pensaba muy rápido. El tiempo se me hizo eterno. Me pasé más de media hora sentado impaciente en la esquina de su calle.

Cuando salió nos fuimos andando al Vivero, ¡como brillaban sus inmensos ojos a la luz de la luna!, ¡que dulce era su sonrisa!.

Allí le pedí la contestación a mi pregunta. Volvió a agachar la mirada y esta vez no sonrió. Tardo en contestarme. No, no la dejaban sus padres ser mi novia. ¿Por qué?, pero ¿por qué no?. Por la diferencia de edad. Para sus padres era mucha. Chispi tenía trece años y yo dentro de un mes iba a cumplir dieciséis.

Ahora, a oscuras, tumbado en el sillón, mis pensamientos me aturden la cabeza y Serrat llena mi alma de melancolía.

Si tu fueras capaz, de ver los ojos tristes de una lámpara y hablar, con esa porcelana, que descubrí ayer y que por un momento se ha vuelto mujer, entonces, olvidando mi mañana y tu pasado, volverías a mi lado. Se va la tarde y me deja, la queja que mañana será vieja, de una Balada de Otoño.

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